Primero de todo, dejadme daros las gracias a todos por haber venido a despedir a mi madre y a acompañarnos a mi familia, a mi padre y a mí en estos momentos, de verdad, de todo corazón muchas gracias.
Las últimas veces que he tenido que pasar por el trago de acudir al entierro del familiar de algún amigo, siempre he pensado, que aunque los sacerdotes que ofician ponen todo su cariño en hablar de la persona difunta, en realidad están hablando de alguien que no conocen. Es por eso que le he pedido el poder decir yo unas palabras, quien mejor que su hijo para hablaros de ella.
Algunos de vosotros conocíais de un modo u otro a mi madre, habéis hablado con ella por teléfono cuando me buscabais a mí, antes de que existieran los móviles, o la habéis conocido en persona. Mi madre era, como muchas mujeres de su generación, la columna vertebral de nuestro hogar, su corazón y su cabeza. Su ilusión y su orgullo fue siempre el tenernos a mi padre y a mi cuidados, y estar orgullosa de su casa.
Siempre le había gustado reunir a la familia, invitar a casa a unos y otros y deleitarnos con las maravillas que sabia sacar a los fogones de la cocina. Siempre estaba dispuesta a ofrecerse para ayudar en lo que fuera menester a los suyos, o a la gente cercana a la que quería, como saben muchos de nuestros vecinos. Siempre estaba, en fin, dispuesta a darnos esa alegría que la llenaba.
Desgraciadamente, desde hace unos tres años, a raíz de una depresión y de complicaciones posteriores, esta ilusión, esta alegría, se había ido apagando poco a poco. Muchos han pensado que había cambiado, o incluso que estaba enfadada por algo. Es cierto, cambiaba, pero el cambio no era por su voluntad si no por la enfermedad.
Han sido tres años difíciles, en los que mi padre y yo hemos intentado siempre darle nuestro amor y nuestro apoyo. Sabíamos que nos esperaban años aun más difíciles, pero esta última enfermedad ha cortado con rapidez y fríamente su estancia entre nosotros.
En estos quince días de enfermedad, e incluso antes, he reflexionado mucho sobre la muerte. Es lógico que sintamos pena y que añoremos su presencia, pero en realidad la pena que sentimos es por nosotros, porque dejamos de poder tenerla a nuestro lado cada día, porque para lo que sois creyentes no tengo duda de que sabéis que ella esta ahora en un lugar mejor, desde donde cuida de nosotros. Para los que no creemos, es el fin de dos semanas de saber que estaba padeciendo, cuando ya sabíamos que no había esperanzas. Y que ella ahora este en paz o en un lugar mejor, solo puede alegrarnos.
Mi padre y yo, y espero que con nosotros toda mi familia, vamos a seguir adelante, vamos a atesorar su recuerdo vivo en nuestros corazones, y vamos a mantener la alegría que ella habría querido que mantuviéramos. Se que es lo que nos habría pedido si hubiera podido, y eso es lo que le debemos.
No quiero terminar sin agradecer aquí, aunque no estén presentes, las atenciones y cuidados de todo el personal que la ha atendido estos días en el hospital y también la profesionalidad y humanidad de todo el personal del tanatorio y de Ocaso. Y por encima de todo, y aunque se que no hace falta decirlo, gracias a todos nuestros amigos, y especialmente gracias a toda nuestra familia por su ayuda, su apoyo y su compañía todos y cada uno de los dias que lo hemos necesitado y que los necesitaremos.
Una vez mas muchas gracias a todos por vuestra presencia.
Las últimas veces que he tenido que pasar por el trago de acudir al entierro del familiar de algún amigo, siempre he pensado, que aunque los sacerdotes que ofician ponen todo su cariño en hablar de la persona difunta, en realidad están hablando de alguien que no conocen. Es por eso que le he pedido el poder decir yo unas palabras, quien mejor que su hijo para hablaros de ella.
Algunos de vosotros conocíais de un modo u otro a mi madre, habéis hablado con ella por teléfono cuando me buscabais a mí, antes de que existieran los móviles, o la habéis conocido en persona. Mi madre era, como muchas mujeres de su generación, la columna vertebral de nuestro hogar, su corazón y su cabeza. Su ilusión y su orgullo fue siempre el tenernos a mi padre y a mi cuidados, y estar orgullosa de su casa.
Siempre le había gustado reunir a la familia, invitar a casa a unos y otros y deleitarnos con las maravillas que sabia sacar a los fogones de la cocina. Siempre estaba dispuesta a ofrecerse para ayudar en lo que fuera menester a los suyos, o a la gente cercana a la que quería, como saben muchos de nuestros vecinos. Siempre estaba, en fin, dispuesta a darnos esa alegría que la llenaba.
Desgraciadamente, desde hace unos tres años, a raíz de una depresión y de complicaciones posteriores, esta ilusión, esta alegría, se había ido apagando poco a poco. Muchos han pensado que había cambiado, o incluso que estaba enfadada por algo. Es cierto, cambiaba, pero el cambio no era por su voluntad si no por la enfermedad.
Han sido tres años difíciles, en los que mi padre y yo hemos intentado siempre darle nuestro amor y nuestro apoyo. Sabíamos que nos esperaban años aun más difíciles, pero esta última enfermedad ha cortado con rapidez y fríamente su estancia entre nosotros.
En estos quince días de enfermedad, e incluso antes, he reflexionado mucho sobre la muerte. Es lógico que sintamos pena y que añoremos su presencia, pero en realidad la pena que sentimos es por nosotros, porque dejamos de poder tenerla a nuestro lado cada día, porque para lo que sois creyentes no tengo duda de que sabéis que ella esta ahora en un lugar mejor, desde donde cuida de nosotros. Para los que no creemos, es el fin de dos semanas de saber que estaba padeciendo, cuando ya sabíamos que no había esperanzas. Y que ella ahora este en paz o en un lugar mejor, solo puede alegrarnos.
Mi padre y yo, y espero que con nosotros toda mi familia, vamos a seguir adelante, vamos a atesorar su recuerdo vivo en nuestros corazones, y vamos a mantener la alegría que ella habría querido que mantuviéramos. Se que es lo que nos habría pedido si hubiera podido, y eso es lo que le debemos.
No quiero terminar sin agradecer aquí, aunque no estén presentes, las atenciones y cuidados de todo el personal que la ha atendido estos días en el hospital y también la profesionalidad y humanidad de todo el personal del tanatorio y de Ocaso. Y por encima de todo, y aunque se que no hace falta decirlo, gracias a todos nuestros amigos, y especialmente gracias a toda nuestra familia por su ayuda, su apoyo y su compañía todos y cada uno de los dias que lo hemos necesitado y que los necesitaremos.
Una vez mas muchas gracias a todos por vuestra presencia.
No hay comentarios:
Publicar un comentario