jueves, 29 de octubre de 2009

SRA. FRANCIS

Estoy intentando, día a día, traer a mi cabeza los recuerdos de tantos buenos momentos que durante mi vida he pasado junto a mis padres, intentando así que la imagen modificada por la enfermedad que me ha quedado más grabada se diluya. De paso, esta función higiénica para mi, me sirve para dar a este blog su función primordial y su titulo, el llenarlo de los recuerdos de los míos.

La sintonía del programa de Doña Elena Francis, marca en mis recuerdos de niñez. Por entonces la radio era la compañía, se encendía al poner los pies en el suelo y se mantenía encendida horas y horas. Radio Peninsular, Radio Mirar, Radio Juventud, míticas emisoras de la OM que nos acompañaban.

La tarde venía marcada por las radionovelas y el programa de doña Elena, que iba respondiendo a las a veces complicadas (y para un niño extrañas) preguntas de sus oyentes. Mientras, mi madre cosía en su maquina de coser. Mi madre, durante muchos años, se dedico a “hacer faenas”. Es como se llamaba a la labor de coser prendas en casa. Una vez por semana se iba al taller a dejar el genero terminado y a coger el material ara preparar más faena. Muchas veces iba con mi madre y esperaba paciente a que se revisara la faena hecha y le explicaran en que consistía la nueva. A veces incluso me dejaba llevarle el atillo de la faena, envuelto en los tradicionales pañuelos cuadriculados. En el metro era normal ver a muchas mujeres cargando esos fardos desde las barriadas de trabajadores hacia el centro de Barcelona. Je, acabo de recordar un detalle del metro que desapareció ya hace años, el abre puertas. Era un señor que desde un vagón, normalmente el de en medio, controlaba la apertura y cerrado de todas las puertas del convoy. En cada vagón en los dos lados, había una cajita con tres botones, cerrados por una placa metálica, y solo la llave especial del abre puertas permitía deslizar las placas para acceder a los botones.

Como decía la música del consultorio llenaba la casa, el sol se filtraba por las persianas de madera dejando ver el polvo en suspensión brillando a la luz, el ruido monótono de la maquina de coser marcaba el compás de todo. Mi madre escuchaba y trabajaba. En ocasiones, en mis recuerdos, esta mi abuelo, siempre elegante, con su gorra, su americana, su corbata; hablando con mi madre, jugando conmigo, solo o acompañado por amiga que tenía. En esas tardes no suelo recordar a mi padre, porque llegaba a casa mucho más tarde, ya de noche. Para entonces la cena ya estaba preparada, y todo estaba dispuesto para ver un rato la tele antes de ir a la cama.

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